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19 jul 2014

Madrugadas.


(está súper mal escrito y me da lata arreglarlo, así que lea bajo su propio riesgo)

 Me siento en mi ventana, un nublado sábado a las 4:00 am. después de haber visto unos cuantos cortometrajes en mi programa favorito y haberle dicho a mis padres "soy incapaz de dormir".

Miro al cielo y siento ese bello e insípido aroma que se trasluce durante la madrugada, ese aroma que se encarga más de bendecir tus ojos que tu nariz, a menos que estés en la costa, por supuesto, el olor de la madrugada cerca del mar bendice todos tus sentidos, mas el de las afueras de mi casa, es uno que te transforma en un poeta inigualable.

durante mi primer viaje a las inmensidades de la pequeña neblina, solo admiro en soledad, percatándome de que en verdad estoy sola mirando por esa ventana a una solitaria calle, sin ningún ente, mas estoy seguro de que habían algunas personas en los mismos lugares que siempre han habido, como en la banca amarilla que está en frente los columpios, o el fresco pasto lleno de pelos de perro bajo el viejo árbol.

 Volví a respirar profundo, hasta que mi fiel compañera acarició mi pierna, diciéndome con sus ojos "Yo también quiero ver", la sujeté en mi brazos y la escondí dentro de mi polerón, ya que, a pesar de todo, era una madrugada helada.
Miramos juntas al abismo lleno de vida, y buscando algo que ver, después de haber  olvidado todo.  Me percaté que aquel árbol que dominaba todo mi pasaje, cuya vida se extiende muchos años más que la mía, era uno de los más bellos que había visto, sus ramas eran preciosas y  todo el año llevaba sus verdes hojas como traje. Tantos meses y era primera vez que me enamoraba del árbol que llevo décadas conociendo.

 Me embriago nuevamente con la inodora neblina y bajo mis cansados ojos hacía mi compañera, ella observaba tan, o incluso más, encantada que yo al fantástico y cotidiano ambiente, suspiro y beso su suave cabeza, mi curiosidad ahora era ella, ella provocaba todas mis oraciones y todas mis preguntas ¿qué estará pensando? es imposible que alguien vea tan inundado hacía el todo sin estar pensando algo, y ser un perro no es una excusa.

Vuelvo nuevamente a la tierra de nadie y  transformo mis oídos en mi visión,  observando que dos de los sonidos que creaban esa madrugada, los cuales se llevaban toda mi cabeza, eran  frecuentes y no les costaba extenderse a distinto volumen y escalas. y no, no eran cantos de aves, ni tampoco autos perdidos en la noche. Eran infinitos ladridos con distintas emociones y el viento recorriendo por lo bajo todas las calles hacía el sur.
Respiro por última vez el aire fresco, cierro la ventana con melancolía y me siento a escribir, ansioso por ver abrir la ventana otra vez.

 Las aves no son las que cantan en la madrugada, y no son las personas las primeras en irse a trabajar.




"Mi mamá me dijo que me estaría cuidando desde las estrellas, ¡Pero no hay ninguna estrella aquí!"
   Cortometraje "Missing Her"

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