Cuanto odiaba a esa persona, la aborrecía tanto que ni siquiera la palabra odio podía ser dirigida a su rostro y a su nombre. Mas solo es un sentimiento vacío, mas no hay una idea mayor del porque le odiaba, solo lo hacía como si fuese mi profesión.
El desprecio emergía
cuando hablaba. Exacto, nunca pensé en
él, nunca lo recordé, nada traía a mi cabeza su imagen, no me percataba de
cuanta aversión merecía aunque estuviéramos en la misma habitación. solo
bastaba que hablara, solo bastaba que articulara sus deformes labios y
pronunciará esos argumentos llenos de verdad, para que la ira hacia su persona
iniciara en mi interior. Podía ser un
saludo, podía ser un testamento, podía ser una cita, podía ser un sutil gemido, podía ser cualquier sonido y a todos sufría una temible fobia.
Me pregunto una y otra vez si era la
frecuencia exacta de su sonido, su tono, su melodía, si era su voz exactamente
lo que no lograba soportar. Fuese lo que fuese, me provoca odiarlo por
completo.
Recuerdo esas veces
que nos cruzábamos en los pasillos, observábamos nuestros ojos y luego continuábamos
como si nunca nos hubiésemos visto-todo terminaba bien.- Mas en las juntas, en las presentaciones,
cuando él debía exponer, acaba con mis nervios sorpresivamente rápido. Ni diez
minutos podía esperar antes de no poder evitar pronunciar lo molesto que era, todos le socorrían, todos recalcaban mi “error”, nadie comprendía mi furia.
Llegó a tal nivel la ignorancia que decidí no volverlo a ver, evitar totalmente
su encuentro, él hizo lo mismo.
No me esperaba que
desde estúpido momento en que lo decidimos en
silencio, no le podría eliminar de mi
cerebro, desde esa decisión todas sus oraciones se repiten constantemente en mis oídos,
una maldición me ataca, lo doy por seguro, al igual que doy por seguro que no puedo
odiarlo más, que el nivel de rencor que sufro ante él es
suficiente para hacerme llorar, el no querer tenerlo presente, el no desearlo
es suficiente para querer arrancar mi razón,
este es el límite del odio, lo doy por seguro.
Doy por seguro que él
no debería existir, también aseguro cuanto es que odio el pensar no volver a
ver sus deformes labios articular alguna palabra.
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